La última copa


No sé si vienes a pedirme mi bendición o simplemente una toalla. Estás ahí quieto, paralizado en el quicio de la puerta, mirándome con ojos vencidos, empapando el zaguán por no atreverte a pasar. Doy una trago a la cerveza y al alzar los ojos, nuestras miradas se entrechocan dentro de ese pequeño universo que conforma la madera de la entrada, allí donde hace casi un año empezó toda esta historia absurda. Donde tú me rompiste los pantalones después de jugar al dominó por las esquinas a base de besos que no ven más allá de los labios. El exceso de cerveza tampoco ayuda a concebir amores rectilíneos. Desde entonces, de vez en cuando, continuamente, tomábamos las curvas más peligrosas y nos encontrábamos en algún bar. Nos invitábamos a la penúltima mientras tomábamos nota de los gestos, no fuera a ser que esta vez nos equivocásemos. Pero nunca dejábamos lugar al error ni llegaba la última copa. La bebíamos labio a labio, hasta que tu sabor se me inyectaba en el cielo de la boca.
Jamás llegaste a desayunar en casa, ni yo quise que asi fuera pero el día de mi cumpleaños apareciste con una botella de ron añejo y la banda sonora de mi película favorita. Nos desnudamos despacio y reinventamos acordes antiguos. Los dos sabíamos que estábamos compartiendo el último acto de una sátira cuyo final había ardido junto con otras cosas inverosímiles. Que ninguno de los dos reconoceríamos una melodía de cuento porque no sabíamos creer en ellos. De madrugada, quise desandar tus vértebras huyendo a por algo de beber y antes de abrir los ojos oí la puerta al cerrarse. Cerré los ojos de nuevo sabiendo que no se pueden perder las cosas que nunca llegan a suceder.

Sherezade

No sé que hago en la puerta de tu casa, empapado, con las manos desnudas temiendo mojarte el pasillo de verdades silenciadas a golpe de experiencia. No sé que decir, el frío me congela las mandíbulas y tu frío convierte en escarcha las palabras. Es difícil explicarme y explicarte que demonios hago a estas horas recorriendo caminos ya agotados. Al mirarte, a lo lejos, nos reencontramos allí mismo, un año atrás, desnudos y extraños aunque preparados a reconocer el terreno para señalizar correctamente los precipicios. Allí donde estaba dispuesto a arrasar con cualquier impedimento entre mis manos y tu cintura, aprendiéndome cada trecho. Que llevaba días siguiéndote por las calles, escondiéndome tras los periódicos, resbalando tras tus pasos. Hasta que llegó la noche de la ropa hecha jirones y la última copa calando las sábanas.
Los días posteriores se convirtieron en una circunvalación en la que, de vez en cuando, encuentras el bar correcto, tus ojos aguantándome la mirada y de nuevo el mismo umbral, el mismo sabor y la piel llena de arañazos. De esos que más escuecen cuanto menos quiero pensar en ti, traicioneros agazapados bajo la piel. Nunca quise verte despertar, prefería reconstruir mis pasos, tomar un café y dormirte en mi propia cama. Esa en la que nunca llegaste a dejar rastros. Sin embargo un día de octubre cumplías 25 años y a mi me venció el certero color de tu recuerdo y después de tanto tiempo, sin querer, apuré el saldo de caricias sembrándolas en tu ombligo. Notaba de antemano los números rojos al borde de tus uñas pero no pude más que extinguir cada uno de mis besos en 25 retazos de tu piel.
Después me marché, dejándote dormida, sin querer una vez más verte despertar, sin querer una vez más, despertar yo.

Natxo sin paréntesis

Fronteras


Es una línea delicada, trazada con tiza roja por toda la ciudad, que se dedica a ascender a los árboles y a penetrar las alcantarillas, no se ahoga en los aviones y sabe nadar a la perfección. Está agotada de que la pongamos a prueba cada vez que la tormenta eléctrica entra en la habitación y me pone los pelos de punta y tus ojos y tu pelo y tu piel intacta al contrario que la mía. Aunque se te note el temblor en los pulsos porque ambos vemos esa línea que nunca deb(i/e)mos cruzar. La rodeamos, la acariciamos y la observamos como la presa herida de un cazador ambidiestro. Son las rejas inservibles que nos impusimos en aluvión para trabar nuestros pasos, el cerco de seguridad inviolable.

Nunca hicimos sonar las sirenas, fuimos precavidos y siempre nos besamos en el mismo filo de la frontera.

Foto: Sherezade
Sonando: "Estoy muy bien" de Extremoduro


Camino al infierno


Iba camino del infierno, aunque pareciese el fin del mundo, aunque mil manos me insistían en que la intencionalidad es la única capaz de elevar la temperatura del destino, yo sabía que, al final de aquella carretera, sólo podía esperarme la condena a trabajos perpetuos, forzándome a silenciar lo que aún no había conseguido decirme ni a mí misma. Que me especialicé en negarte y ahora no puedo caminar al revés sobre mis pasos, intentando limpiar las marcas en la arena, subiendo la marea en un cuadro que aún no sé ni componer. No sé si estás, no sé ya dibujar tu contorno, así que sólo eres una sombra difusa tiñéndome los dedos de lágrimas calladas. Derramándose con la primera excusa que sobrevuele el momento, antes que reconocer, a ti y a mí, que conduzco sin seguro en este camino al infierno, que dejé la amistad esperándome en la última estación y ahora sólo pienso en desandar tus labios.
Y callar injertándome los silencios allí donde guardo el último beso que no nos dimos. Trasplantándome allí también los besos que me he callado, las palabras que no te he esparcido por la piel, rodeados de fotos en un sobre azul, con tanto miedo que lo único que no me tiemblan son las ganas de decirte esto. Y eso da, tanto, o más miedo. Mis manos tienden al suicidio aunque no quiera recordarme (más de tres veces cada segundo) que apuñalo las pupilas por saber que en esta estación no venden billetes de ida y vuelta, retiraste tu maleta de taquilla y emprendiste el camino de la mano de otras manos. De esa culpa, de la mía y de los siempre tarde que he compuesto por todas las calles de esta ciudad, es de lo que está compuesto este infierno. Que entre el fuego, el tiempo y la culpa otra vez, no sé si más allá de este nudo de carreteras, seré capaz de componer la sonrisa en el mismo lugar que la dejaste.
En este sendero, estúpido por conocido, adverso y sin sentido, solo sé caminar de puntillas, avanzando y retrocediendo en silencio, con el temblor de despertarte junto con el de no hacerlo, renegando de las migas de pan y convocando mi alma a misa de doce a ver si allí podemos hacer algo con ella, que mientras tanto, sigue condenada a deshojar todas las margaritas que un día le dejamos sembradas con acento ajeno.
Así que yo voy a limitarme a cerrar las persianas intentando evitar todos los aullidos, no vaya a ser que entre tanto despropósito se escape alguna palabra con sentido y sin consentimiento. Esta vez seré yo la que te espere, en el aeropuerto, más allá del infierno.

Sonando: "La persiana" de Albertucho

Me corten la lengua


Hoy dejo este hueco a un amigo que se va...

Esa canción llega con seis años de retraso, o puede que con sólo dieciocho meses según me ataque la memoria. Dieciocho meses desde la última vez que sombreé tus vértebras sin necesidad de papel y lápiz (aunque la tercera no fue la vencida). Desde la última vez que te oí soñar sin necesidad de recuerdos (y tú escuchaste, evitando la anestesia previa, mi corazón). Dieciocho meses desde la última vez que me atreví a besarte. Con el mismo miedo que la primera vez que lo hice seis años atrás.
Aunque también puede ser que esa canción llegue en el momento correcto, exactamente cuando cayó la última lágrima frente al espejo y fue sustituida por un grito hipócrita y salvador: “los relojes que me echan las cuentas y no han entendido, que no me he rendido, quise fracasar” , que siempre fuiste demasiado para mi y no llegué a saber quererte (bien) desde tus tobillos, quise atarme al mástil inflexible de tus piernas para que las sirenas no llegaran a los tímpanos, pero ya era demasiado tarde: había estrellado la partida contra los acantilados franceses. Una y otra vez. Por eso puede ser este el mejor momento para volver a irme. Nunca logré encontrar el as en la manga asi como nunca logré encontrar la forma de decirte, antes y ahora, que te quiero.
Es curioso esta forma de comunicarnos tan absurda, siempre con un tren esperándonos en la nuca, cuando nos apura el tiempo y sabemos que no queda espacio para una réplica, aunque creo que es una forma de negarnos que la deseamos tanto que duele, es una forma de no decirte, de no reconocer al fin, que ninguna de las veces me retuviste y mi cuento favorito no era “El principito”. Que no he sabido reconocer que mi almohada servía de mapa a los pasos que dabas fuera de ella.
Tú me dejaste marchar y yo no pude nunca hacer lo mismo. Sé que a pesar de estas líneas seguirás impresa en las suturas de mi piel aunque me deshaga de ella y la queme en una pira en tu honor. Las cenizas de ese suicidio incendiario seguirán oliendo a ti. A tus manos frías de ojos verdes y sonrisa-red. A todo eso que nunca te dije y con lo que no voy a ensuciar este texto ahora. Sé que nunca sabrás a ciencia cierta lo que significas para mí escriba lo que escriba ahora.
Tú me dejaste marchar y yo nunca pude hacer lo mismo contigo, nunca fui capaz de ver que ya no estabas, puede que por eso, sea yo hoy el que se marcha. Y aún allí, te llevaré conmigo. Me corten la lengua si miento. “Que mala muerte me venga o me rebanen la lengua, si te quise querer mal, tu me diste tanta fiebre, yo te di perro por liebre y no(s) quedamos en paz” .

Eneko H.E




Te fuiste y sólo fui capaz de retenerte en el espejo. En esa última mirada atrapada en el tiempo líquido que se nos escurría en las manos, tiñendo de plata vieja los escasos recovecos que nos quedaban. Ya no existía lugar para el recuerdo cuando estalló tu imagen en mil pedazos repletos de mala suerte, al compás de la puerta tras de ti. Escribí un adiós asonante en el suelo y me propuse quemar todas las rayuelas cuya meta no fuera tu cama. Y ya de noche, me acosté dejando encendida la luz de las puertas abiertas, por si acaso se te ocurría regresar…
… más raro fue aquél verano que no paró de nevar…*

Me fui y sólo fui capaz de retenerte en el espejo. El único que reconoció mi cobardía, el órdago estúpido a las manos vacías, al querer más de ti que me lleva a alejarme del olor indefinible de tu almohada. En esa última imagen en el espejo estalla el sinsentido de quererte tanto que nunca sabré quererte bien. Tengo que huir de la guerra de cristales rotos que se desata al cerrar la puerta, pero no sé si huyo o me interno en el fragor hiriente de la batalla, del absurdo sin ti. Y ya de noche, vuelvo al escenario donde aún se mantiene la sangre sabiendo que no me atrevería, por cobarde, a regresar...

Sherezade y Natxo sin paréntesis

*Sonando: "Que se llama soledad": Joaquín Sabina

Puntos de vista


Tú me enseñaste que no valía tan sólo con un “mi niña” (léase la minúscula) pronunciado a media luz, que las manos necesitan confirmar los votos que se encasillan más allá de las pupilas, con los latidos dispersos (o concretos según se mire), con los ayeres anclados a las tinieblas y con todos los miedos. Me enseñaste a caminar levitando por tus muslos mientras se te/me estremecía un te quiero tan dentro de la piel, que tatuaba los órganos vitales y se diluía en el torrente sanguíneo. Construyéndose un futuro al abrigo de todos los pretéritos. Me enseñaste a querer de verdad, sin nudos, sin grietas que exigen ser rellenadas, me enseñaste a temblarte desde dentro. Aunque ya estuvieras fuera.

Natxo sin paréntesis

Tú me enseñaste a llorar a escondidas, a morderme los nudillos, a tensar las mandíbulas con la fuerza ajustada para que no salte todo por los aires. Bang y heridas de metralla en los globos oculares por no querer abrir los ojos a tiempo completo, para ver que tan sólo me querías a medias tintas. Me enseñaste a quemar las sábanas cada mañana, jurándome olvidarte como quien quema velas en sus propias entrañas y sin pedir ofrendas. Jurándole de nuevo cada noche a tu piel, deshacerme de los rastrojos de nosotros a base de cal viva incinerándome la memoria. Me enseñaste todos los cuentos populares sin quererme, sin aprendértelos, todos repletos de brujas y dragones, todos ausentes de manos tendidas. Y con el último érase una vez, yo sólo pude responderte que siempre se me atragantaron las perdices.

Sherezade


Sonando: "Aunque tú no lo sepas" de Los secretos
Foto: Sherezade


De cuentos de hadas


Nunca creyó en príncipes azules y puede que por eso se decidiese a contar cuentos para teñirlos con su propio color. Llora a veces, siempre a escondidas, para no romperle los ejes al mundo, para no preocupar y así poder seguir deshaciendo guijarros a miradas fijas. Tiene los dedos finos, los ojos verdes, las piernas infinitas y la sonrisa de regalo. Si te la encuentras en un bar, no te aguantará la mirada por miedo a que le leas todos sus miedos y si quieres invitarla a una cerveza sólo la aceptará con la condición de pagar ella la siguiente.

Se estremece viendo como la ciudad de sus mil y un cuentos arde bajo fuego enemigo, como su cuna recibe cadáveres cubiertos de arena y reproches o en el fuego cruzado por un puñado de sinsentidos del suelo que ahora pisa. Se estremece y no comprende, a pesar de que amontona libros para intentar comprender, porque lo único que sabe disparar son palabras cargadas de lógica a manos llenas de tolerancia. Y yo sé que llegará tan alto como ella misma alcanza de puntillas, porque este país de locos necesita su sonrisa tan loca que no calla ante nadie.

Yo nunca creí en cuentos de hadas, ni en finales felices (ya sé que tú tampoco). No creí en amigos eternos, lágrimas de alegría o distancia cercana. Era incrédulo con treguas (o no treguas), diálogo, alianzas o idiomas comunes, desconfiaba con igualdades reales, con amor verdadero y felicidad a sorbitos para siempre. Ahora creo en todo ello. Aunque haya quien crea que sólo son cuentos, yo sé que puedo confiar ciegamente en ellos, si en ellos confías tú.

La foto es de Shin

Sonando: "Papá cuéntame otra vez" de Ismael Serrano





Que la vida no es una película americana joder, que mañana no me levantaré y tendré una madre rubísima y sonriente esperándome en la cocina con los brazos abiertos para que le cuente lo desgraciada que soy. Y no me hará un sándwich con manteca de cacahuete ni me sentiré mejor con cuatro frases sacadas del manual del amigo perfecto (según las películas americanas). No, mañana volveré a levantarme sola en esta habitación cuya única vista es la pared roñosa de un patio de miserias. El lugar perfecto en el que tallarte en las muñecas (en ese punto exacto en el que posar el filo de la cuchilla) aquello de que hay gente peor que tú. Cuando oyes los gritos angustiados de esa mujer sin rostro, el llanto indefinido o el silencio pesado que se te cuelga de las amígdalas, acusador ante tu propio silencio. Tú no estás tan mal, claro que no, pero, ¿es eso algún tipo de consuelo?
En un mundo en el que el único duelo disponible es el de la muerte de tus familiares cercanos, una lágrima a primera hora de la mañana carece completamente de su valor. Porque sólo es una. Es demasiado triste que no admitamos posible un verdadero vacío sin gritos, sangre o muerte.

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Sonando: Poncho K: "Destrucción"

Lo jodido es seguir soñándote


Lo jodido es seguir soñándote. Que las mañanas siempre terminen enmarañándose en tu reloj de pulsera, debidamente adelantado, ahora te estarás levantando, te vestirás rápido huyendo del invierno en las baldosas, ahora te desayunarás las ojeras con tostadas. Lo jodido es que no conocí nunca a nadie que le sentasen tan bien las ojeras. Ni que me hiciese llorar sin lágrimas. Con los ojos atestados de recuerdos, sin levantar acta judicial por todos los accidentes. Lo jodido es que aún me estremece tu tacto, el recuerdo inequívoco de tu lengua gateando por mi espalda y tú gimes bajo otras manos. No, que va, eso no es lo peor, no duele tanto imaginarte desnuda, reflejándote en otros ojos, como saberte rendida a ellos. Como saber que sonríes en otras grietas, que mis brazos no pudieron provocarte una sonrisa perdurable en el tiempo, en cualquier tiempo. Lo jodido es que le quieres a él y no a mí.
Y no me queda ni el consuelo de querer odiarte, de culparte o de arañarte la imagen con las cuchillas afiladas de un rencor que no es tal, que nunca podría ser tal, no me queda el bálsamo de quemar los cuentos que nunca pude llegar a contarte. Porque terminaría por reescribirlos en los tuyos.

Foto: Endika G.G

El texto no es exactamente mío...


Ausencia o ruptura



Alguien dijo por ahí que es mejor tener el corazón roto a no tener corazón… apuesto mis articulaciones a que quien lo dijo tenía el corazón repleto de mariposas de esas que nunca terminan de posarse, apuesto que sonreía por las mañanas, siempre acompañado y que tomaba el café sin azúcar. Así es fácil hablar, arriesgar con una maraña de redes meciéndonos en un vacío inexistente. Dar un paso adelante y mirar a los demás por encima del hombro ocultando que en casa se tiene quien lame los arañazos hechos a punzón oxidado, porque es así es como supuran los corazones rotos, por si el que dijo eso no lo sabía.
Puede que quien habló, no supiese como se estiran las madrugadas, como duelen las canciones, el peso de unos labios que buscas y no encuentras ni ejerciendo de colibrí en mil bocas desconocidas. Porque nunca vuelve de nuevo, porque el amor que nunca vuelve es el que más esperas, porque rebañas el fondo de los vasos y los charcos de todas las noches sin querer darte cuenta de que ya no te quedan réplicas. Y prometes en cada escalón no sentir antes de volver a encontrarte con ellos.
Así pues, estoy segura de quien dijo esta brillante frase no conocía los efectos de un corazón hecho añicos. Y si lo hacía… miente.

¿Dónde están las llaves? Matarile, rile, rile...

Luna en vela


Esta noche a tu ventana tira piedras la luna.
dice que no llores sola,
que ella quiere compañía, que la noche es larga y fría.
Ella en vela pasa las horas...

"En vela" de La Fuga.

Porque si tú no duermes Niña, la luna ilumina menos.
Y si lloras, ¿qué cojones importa que ilumine?

Foto: Sherezade

Diagnósticos erróneos


Dicen que solo es miedo. Y te ríes. Sin creértelo, claro. Has oído demasiadas veces la misma retahíla de estupideces copiadas con mala letra de un manual de psicólogo para principiantes. Siempre es la primera respuesta, el miedo. Sabes de sobra que eres un cobarde, que sólo jugaste a olvidarla mientras volvías a degustar bajo las sábanas el regusto oxidado de su tacto. Que al final de las noches en vela siempre supuraba ella y que en cada trago se pudría el sabor de su boca. Pero jugaste a olvidarla y ha habido momentos desde entonces en los que ya no tendías tu ropa sucia al borde de sus pestañas.
Ahora se te acumula el polvo en el rincón que te perforó (la saliva es corrosiva si se la conserva en formol más tiempo del necesario) a fuerza de no tocar melodías ya pasadas. Y te crees a salvo, seguro, de las noches de pesadilla donde nunca reconocerías llorar para salvarte de algo aún peor. Confías en el camino recorrido, en tu piel, aunque te digas (sin oírlo) que un solo gesto puede devolverte sin red a ella. A ella. A quererla tanto, a levantar el polvo, al abismo eterno de una sola de sus palabras.
Dicen que sólo es miedo. Y te ríes. Y sin que se note, tiemblas.


Foto: Sherezade

Sonando: "Me agarraste" de Quique González

Sanex


Estoy aquí en lo más remoto del mar, a salvo de tu tacto a ratos, al este de tus sonrisas enormes, inmensas, pero insuficientes cuando estás a mi oeste y no dentro. O peor, cuando tú estás dentro, latiéndome, y yo estoy fuera, sin poder tocarte. Estoy aquí, como decía, en lo más remoto del mar, sigo recordándote, porque huelo a sal y no consigo concentrarme lo suficiente como para soñar que llegas a quererme. Ni aunque te invente de puntillas. Ni aunque te sueñe de rodillas.
Da igual entonces que esté en el mar, que tenga tanto verde para camuflar, da igual cuando termino respirando arena y encallando, sabiendo que con mis lágrimas acudirás a salvarme pero no te quedarás. Eres atea y nunca te propusiste resucitar mis pulsos.
Y estoy seguro de que allí, a mi oeste, tu piel sigue oliendo a sana. Sin embargo a mi me envenenas cada vez que (no) te respiro.

“La prefiero compartida, antes que vaciar mi vida”

Foto: Sherezade

S/T


Existen veces en las que creo que todas las partículas de luz se han detenido de golpe. Luego las veo, mecanografiando soplos ficticios en los capilares que rozas, sin profundizar, porque si te dejase hacerlo acabarías por anegar las bodegas y el avión que siempre perdemos se iría a pique. Eso, el amanecer de fuegos artificiales (o fuegos fatuos según el ciclo de tus pupilas), sólo sucede con la triangulación adecuada de planetas: Brillo de ojos y sonrisa sin viento. Tu brillo de ojos y tu sonrisa sin viento. Para cuando quiero darme cuenta, he caído en tus bermudas y no sé sacarme tu espina del tuétano. Ni tu luz de las venas. Otra vez.
Me convierto en luciérnaga sin que lo sepas e intento construirme en piedra, al borde de tus quebrados, para que no encalles ni te rompas. Pero me retuerce los tímpanos el saber que dependo de la irradiación de tus manos mucho más que de la dureza del colchón (aquél en el que no duermes), más allá del roce desconocido de tus muslos (aquellos que no alcanzo). Porque ni he llegado a besarte en los mares de nubes en los que sueles mecerte (y en los que te imagino cada madrugada) pero en la oscuridad de tu vacío (la no presencia de tus labios en mi estómago) me devora el egoísmo de la desesperación vacía y me digo que llegará el día en que me inyectaré tu luz directamente a la femoral. Aunque así deje el mundo a oscuras.
.
Foto: Shin
Sonando: El ruido del tráfico a las 5 sin ti

A Natxo, porque a veces necesitamos que nos recuerden estas cosas y a Urko, por recordarme estas cosas cuando lo necesito.

Hoy me ha dicho mi ángel de la guarda que existen agujeros negros come-sueños. Y me lo ha dicho así, como quien no quiere la cosa, como quien pide un cigarro o quien da un beso sin esperar nada a cambio. Como se dicen las cosas más importantes.
Después me ha explicado, escondiéndose en las turbulencias insensatas de los gritos de la calle, que algunas veces nos topamos en las aceras con estos nichos oscuros, van buscando ceños fruncidos, miradas en los zapatos, labios apagados y manos vacías. Si las encuentran, se cobijan bajo las cejas, en los huecos de los párpados, y lanzan con arpones un velo absorbe-luces hasta los salientes de nuestras mejillas. Se nos oscurece el zumo de la mañana, nos flaquean las rodillas y todo se tiñe del púrpura de lo agrio sin razón (aparente) para llorar. Caminamos por la calle mirando sin ver y las horas se transforman en norias que nunca terminan de subir, siempre a ras de suelo, flotando en una charca en la que ni siquiera somos capaces de probar a ver si hacemos pie. Y nos convertimos en vampiros rehuyendo del chispazo del sol, pero eso no es lo peor. Los agujeros negros come-sueños nos incapacitan para creer en nosotros mismos, en nuestras manos, en la fuerza de nuestras palabras y actos. Nos inmovilizan las ilusiones, almacenándolas en el cuarto oscuro de nuestra memoria, donde cubrimos de ogros las ventanas para no mirar más allá. O incluso más acá. Las playas se convierten en desiertos y los Everest aparecen sembrados en cada uno de tus campos de trigo.
Ahora los noto prendiéndome las pestañas y quiero creer que existe una cura. Que no salvaré el mundo pero me dejaré los nudillos en mejorarlo y eso ya vale algo. Vale más que nada. Así que ensayo las sonrisas intentando hacerles caer, precipitando su marcha del rincón en el que devoran las ilusiones. Y parpadeo a conciencia para recobrar la gama cromática digna de todo lo que tengo alrededor. Que es más de lo que soy capaz de ver.
Recupero las cosquillas y la capacidad de sacar la lengua a los ventanales mientras noto el calor que se extiende como los trenes de alta velocidad que llevan a los amantes al andén número 1. A mi lado, mi ángel de la guarda sonríe de lado y da un sorbo a la cerveza. A media voz vuelve a recordarme que en el horizonte se encuentra nuestro límite, nunca antes ni después, allí, junto a la hamaca del sol se incendia nuestra frontera.
Y le creo. Cualquiera le lleva la contraria a su ángel de la guarda…

Pendientes para septiembre


Como medio país estamos de vacaciones...

Este blog ha aguantado el tirón veraniego hasta ahora gracias a Sherezade, que se ha mantenido en el norte del norte estudiando para salvar el mundo y actualizando por los dos mientras yo curraba más allá del sol. Ahora ella se va de (merecidas) vacaciones unos días y yo aprovecharé para recuperar la sana costumbre de escribir en las nubes o en los trajes de baño. Sherezade, desde aquí, disfruta de la vuelta a casa y lo mismo para vosotros. Así pues, metemos los pies al congelador y volveremos en unos quince días con textos y sonrisas de entretiempo. Para preparar de nuevo las pendientes para septiembre.

Os observaremos de reojo.

Foto: Un trocito de Sherezade por cortesía de Shin
Sonando: "El cochecito leré" (estridencias mías)

Que se joda el viento

A quien sino a ti esta canción... Porque al fin y al cabo, tú me descubriste (en todos los sentidos) a Marea, porque al fin y al cabo, contigo los he visto siempre y porque contigo quiero seguir viéndolos. A ver si en el próximo acaban con los trileros ;)
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"QUE SE JODA EL VIENTO"

Ponte el moño apretao, sirena, que se joda el viento,
rompe las horquillas de espuma
y déjame que te remache sonrisas de hierro
de esas que disipan las brumas,
que sé que entre los males
nos lloverán cristales,
yo iré descalzo y tú desnuda
al son del amor
del ronco tambor que toque la luna.

Vamos a trepar a la copa de éste sol de enero,
y a hacer un nido en su ramaje,
y allí reírnos viendo como a cada minutero
se lo devora el oleaje,
y cuando entre mis brazos resuenen cañonazos
yo iré perdido entre tus dunas
dejándolo todo,
quemando los tronos donde reinen dudas...

Y báñate en mis ojos, que se joda el mar
que quiera mecerte a su antojo,
si no somos nadie a nadie va a encontrar,
y si a las heridas quiere echarles sal
solo va a encontrarse cerrojos
y las cicatrices de la soledad.

Coge resina para untarnos poco a poco el cuerpo,
por si vuelve la ventolera,
y mientras tanto, entre los huecos que nos deje el tiempo
deja volar tu cabellera,
que si a nuestra locura vuelven nubes oscuras
nos cogerán frente con frente y codo con codo,
cada vez más solos, rodeados de gente.

Y báñate en mis ojos, que se joda el mar
que quiera mecerte a su antojo,
si no somos nadie a nadie va a encontrar,
y si a las heridas quiere echarles sal
solo va a encontrarse cerrojos
y las cicatrices de la soledad.
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Marea: "Que se joda el viento"

A ti


A ti niña, (Sherezade) porque siempre eres la última en tu lista de prioridades, yo quiero colocarte la primera en mi lista de visitas guiadas.

Porque eres la mejor persona que conozco a pesar de tener tantas razones para ser cruel, severa o vengativa
Porque tus ojos son espejos de luz que verdean de esperanza (aunque tú no la soportes) los temores ajenos
Porque haces los mejores batidos de plátano que he probado a las 6 y media de la mañana
Porque dibujas tolerancia en un mundo que tanto necesita que le escuchen
Porque tú construyes los detalles
Porque siempre tienes las manos frías (y el corazón caliente, tan caliente)
Porque se te agota la seguridad, sin reservar para ti ni una pizca, de darle firmeza a los demás
Porque eres la única persona que derritió el corazón de hielo exponiéndose a las peores ventiscas por ser mejor persona
Porque en ti perdón y olvido se hermanan
Porque eres la persona a la que más veces he visto resbalar (en todos los sentidos) y levantarse a pesar de las heridas y los muros derruidos
Porque ni te das cuenta de lo guapa que eres
Porque creer que otro mundo es posible (y estás dispuesta a dejarte la piel en intentarlo)
Porque no conoces el sabor agrio del rencor
Porque cantas en la ducha
Porque crees que no serías nada sin tus amigos sin darte cuenta de que nosotros no seríamos lo que somos sin ti
Porque te encanta espantar a las palomas
Porque al sonreír se te marca en la cara sólo un hoyuelo
Porque aún eres capaz de sonrojarte (y de qué manera!) y de leer cuentos (e incluso de escribirlos)
Porque siempre me copias los paréntesis ;)
Porque no conozco a ninguna chica más alta que tú
Porque mientes tan bien que se te nota en las mejillas
Porque eres capaz de hacer reír mientras lloramos
Porque harías cualquier cosa por un amigo
Porque tienes el corazón tan grande que, incluso cerrado por derribo, siempre está abierto para acoger a un viajero imprevisto
Porque eres la más valiente en tiempos de cobardías
Porque nunca se te ha olvidado volar y has sido la plataforma desde la que algunos hemos conseguido hacerlo
Porque no lloraste con Titanic para empapar las manos con “Bloody Sunday”
Porque eres generosa, sin contrapartidas
Porque eres la mejor persona que conozco
Porque he perdido la cuenta de todas las cosas que debo agradecerte
Porque sigues siendo una niña
Porque apenas he tenido que pensar mucho para escribir todo esto
Porque al fin y al cabo te lo mereces.



Natxo Lauzurika
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Foto: Sherezade
Sonando: "No estarás sola" de Ismael Serrano

Hoy me das igual


Hoy me das igual, me he cansado de escribir con piel tu nombre en las aceras mientras construyo una valla repleta de velas para intentar que no te falte la luz. Supongo que me he cansado de equivocarme sin darme cuenta, de rellenar de asfalto los caminos para hacerlos más transitables, calentando el agua para que no se te corte la digestión. Así que hoy me he escrito en las papilas gustativas la indiferencia a golpe de rayos de sol, he dejado el móvil en casa, la puerta cerrada y la maleta de derrotas bajo la cama, me he tomado una cerveza brindando por todos esos errores que he cometido a lo largo de mi vida por intentar hacer las cosas de la mejor manera posible y he mudado la piel mientras se derretían los relojes. Para finalizar, he terminado por vaciarme saltando desde todas las alturas para apagar mi vértigo.
Voy a empezar a reconstruir mi vida sin subirme en las aceras, cediendo el paso pero sin rendir pleitesía a los exámenes suspensos. Aunque ya no nos quede septiembre, aunque esta fuese nuestra última convocatoria y no podamos recurrir al decano. A quienes puedo recurrir lo sé desde que me dejaron las huellas dactilares y los cafés de media tarde colgando de los zaguanes de mi puerta, antes sellada, y con ellos edificaré un mañana del que hoy no me quiero sentir culpable. Porque seguir adelante debería ser una obligación, no un privilegio.
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Sonando: “Mi matadero clandestino” de Los Piratas

A Pamplona hemos de ir...

















Este año, Natxo, no vas a poder estar y sé que es jodido porque para ti San Fermines no es una fiesta más. Porque te encantan y significan un montón de cosas, porque ese pañuelo rojo, el que te regalaron hace tanto y que ha vivido un montón de fiestas contigo, se convierte en baúl de recuerdos y a veces paño de lágrimas.

Hoy ha sido el chupinazo y, aunque no estuvieras, en esta plaza también has estado tú.

P.D. Me debes unos San Fermines, eh? :)

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