Cuestión de medidas


Quizás el problema esté en que siempre nos hemos mirado desde demasiado lejos, aunque no lo pareciese. Siempre fuiste capaz de deletrearme el futuro con sólo mirar las huellas de sueños no recordados bajo las uñas, ese era tu don. La palabra exacta para no dejarme caer. Quizás por eso me enamoré de ti, por tu forma de balancear las palabras, de acunarlas hasta que conseguías decir todo con un sencillo silencio. Puede que sólo fuese una reacción química al rastro de piel que dejas sólo con mirar unos segundos, intermitentes, como un semáforo que nunca llega a ponerse en rojo. Que sólo te pide que tengas precaución al dar los siguientes pasos. Que mires a los lados. Que observes por donde pisas. Que no olvides a dónde vas si no quieres que te arrolle el olor disperso de ti en las muñecas, ese que no consigo quitarme ni soñándote en otras bocas. Ni pidiéndote una y otra vez, en silencio, que vuelvas. Lástima que no supieses leer los silencios tan bien como sabías llenarlos.



Quizás el problema esté en que siempre nos hemos mirado desde demasiado cerca, aunque no lo pareciese. Te veía marcharte, tu mirada a lo lejos, tu piel a lo lejos, mis ganas de ti tan inmediatas que se me abrasaba la piel y era incapaz de no ver tu nombre en cada rastro de mi cuerpo. Quizás por eso me enamoré de ti, por tu forma de hacer que todo a tu lado pudiese llamarse hogar, sin la frialdad de las grandes mentiras colándose por las ventanas mal cerradas. Puede que sólo fuese una reacción química a tu saliva imprimiendo todas las probabilidades posibles e imposibles en la raíz de mi espalda, facilitando que todo creciese como debía. Que no llegase a retorcer las pesadillas. Que supiese besarte más allá de la silueta, extendiéndome para enraizar todo lo que me dejases en ese hueco oculto detrás de tu nuca. Allí donde guardas todo lo que alguna vez te ha hecho levantarte de la cama con una sonrisa. Allí donde sigue mi hogar aunque ya no estás. Lástima que ni una sola de todas las posibilidades incluyese mi nombre en los rastros de tu cuerpo.


Elena -sin h- y Natxo sin paréntesis

El iris circunflejo de los límites


No puedes clavarme el iris circunflejo de tu mirada verde, de tu sonrisa roja, de tu piel de arena, de nuestro mañana quemado. No puedes abrirme el apetito obtuso de la ausencia de disfraces, de tu ropa interior alfombrando cualquier desierto a mil kilómetros de tu piel. No puedes taladrarme con los regueros de caricias que desprendería por tu columna, deteniéndome en cada uno de tus lunares, y pretender que no rebañe las curvas de tu cuerpo como si me fuera la vida en ello. Acampar en tu cintura lejos de cualquier carretera secundaria. No puedes. Ni puedo seguir soñándote desnuda en los vértices de la mañana con un café entre las manos, con mi corazón entre las manos, y las sábanas revueltas, tu pelo revuelto, la vida desordenada por la distancia eterna de tus piernas infinitas. No puedo recorrer el paseo Sarasate anclando mi deseo en los adoquines, recuperar el aire en la Plaza del Castillo, vacía a estar horas desiertas en las que tú duermes en otra cama, soñando otros sueños y helándome la piel por la ausencia desatinada de tu aliento en la cuadratura de una sombra, una sombra que soy yo mismo. No puedo, ni puedes tú. Y lo sabes pero aquí estás. Y lo sé pero aquí estoy.

Ambos conocemos los límites. Pero aquí estamos. En sus propios límites.


La foto, como todas, es de Elena -sin h- (antes Sherezade)


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