Camino al infierno


Iba camino del infierno, aunque pareciese el fin del mundo, aunque mil manos me insistían en que la intencionalidad es la única capaz de elevar la temperatura del destino, yo sabía que, al final de aquella carretera, sólo podía esperarme la condena a trabajos perpetuos, forzándome a silenciar lo que aún no había conseguido decirme ni a mí misma. Que me especialicé en negarte y ahora no puedo caminar al revés sobre mis pasos, intentando limpiar las marcas en la arena, subiendo la marea en un cuadro que aún no sé ni componer. No sé si estás, no sé ya dibujar tu contorno, así que sólo eres una sombra difusa tiñéndome los dedos de lágrimas calladas. Derramándose con la primera excusa que sobrevuele el momento, antes que reconocer, a ti y a mí, que conduzco sin seguro en este camino al infierno, que dejé la amistad esperándome en la última estación y ahora sólo pienso en desandar tus labios.
Y callar injertándome los silencios allí donde guardo el último beso que no nos dimos. Trasplantándome allí también los besos que me he callado, las palabras que no te he esparcido por la piel, rodeados de fotos en un sobre azul, con tanto miedo que lo único que no me tiemblan son las ganas de decirte esto. Y eso da, tanto, o más miedo. Mis manos tienden al suicidio aunque no quiera recordarme (más de tres veces cada segundo) que apuñalo las pupilas por saber que en esta estación no venden billetes de ida y vuelta, retiraste tu maleta de taquilla y emprendiste el camino de la mano de otras manos. De esa culpa, de la mía y de los siempre tarde que he compuesto por todas las calles de esta ciudad, es de lo que está compuesto este infierno. Que entre el fuego, el tiempo y la culpa otra vez, no sé si más allá de este nudo de carreteras, seré capaz de componer la sonrisa en el mismo lugar que la dejaste.
En este sendero, estúpido por conocido, adverso y sin sentido, solo sé caminar de puntillas, avanzando y retrocediendo en silencio, con el temblor de despertarte junto con el de no hacerlo, renegando de las migas de pan y convocando mi alma a misa de doce a ver si allí podemos hacer algo con ella, que mientras tanto, sigue condenada a deshojar todas las margaritas que un día le dejamos sembradas con acento ajeno.
Así que yo voy a limitarme a cerrar las persianas intentando evitar todos los aullidos, no vaya a ser que entre tanto despropósito se escape alguna palabra con sentido y sin consentimiento. Esta vez seré yo la que te espere, en el aeropuerto, más allá del infierno.

Sonando: "La persiana" de Albertucho

Me corten la lengua


Hoy dejo este hueco a un amigo que se va...

Esa canción llega con seis años de retraso, o puede que con sólo dieciocho meses según me ataque la memoria. Dieciocho meses desde la última vez que sombreé tus vértebras sin necesidad de papel y lápiz (aunque la tercera no fue la vencida). Desde la última vez que te oí soñar sin necesidad de recuerdos (y tú escuchaste, evitando la anestesia previa, mi corazón). Dieciocho meses desde la última vez que me atreví a besarte. Con el mismo miedo que la primera vez que lo hice seis años atrás.
Aunque también puede ser que esa canción llegue en el momento correcto, exactamente cuando cayó la última lágrima frente al espejo y fue sustituida por un grito hipócrita y salvador: “los relojes que me echan las cuentas y no han entendido, que no me he rendido, quise fracasar” , que siempre fuiste demasiado para mi y no llegué a saber quererte (bien) desde tus tobillos, quise atarme al mástil inflexible de tus piernas para que las sirenas no llegaran a los tímpanos, pero ya era demasiado tarde: había estrellado la partida contra los acantilados franceses. Una y otra vez. Por eso puede ser este el mejor momento para volver a irme. Nunca logré encontrar el as en la manga asi como nunca logré encontrar la forma de decirte, antes y ahora, que te quiero.
Es curioso esta forma de comunicarnos tan absurda, siempre con un tren esperándonos en la nuca, cuando nos apura el tiempo y sabemos que no queda espacio para una réplica, aunque creo que es una forma de negarnos que la deseamos tanto que duele, es una forma de no decirte, de no reconocer al fin, que ninguna de las veces me retuviste y mi cuento favorito no era “El principito”. Que no he sabido reconocer que mi almohada servía de mapa a los pasos que dabas fuera de ella.
Tú me dejaste marchar y yo no pude nunca hacer lo mismo. Sé que a pesar de estas líneas seguirás impresa en las suturas de mi piel aunque me deshaga de ella y la queme en una pira en tu honor. Las cenizas de ese suicidio incendiario seguirán oliendo a ti. A tus manos frías de ojos verdes y sonrisa-red. A todo eso que nunca te dije y con lo que no voy a ensuciar este texto ahora. Sé que nunca sabrás a ciencia cierta lo que significas para mí escriba lo que escriba ahora.
Tú me dejaste marchar y yo nunca pude hacer lo mismo contigo, nunca fui capaz de ver que ya no estabas, puede que por eso, sea yo hoy el que se marcha. Y aún allí, te llevaré conmigo. Me corten la lengua si miento. “Que mala muerte me venga o me rebanen la lengua, si te quise querer mal, tu me diste tanta fiebre, yo te di perro por liebre y no(s) quedamos en paz” .

Eneko H.E



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