De cuentos de hadas


Nunca creyó en príncipes azules y puede que por eso se decidiese a contar cuentos para teñirlos con su propio color. Llora a veces, siempre a escondidas, para no romperle los ejes al mundo, para no preocupar y así poder seguir deshaciendo guijarros a miradas fijas. Tiene los dedos finos, los ojos verdes, las piernas infinitas y la sonrisa de regalo. Si te la encuentras en un bar, no te aguantará la mirada por miedo a que le leas todos sus miedos y si quieres invitarla a una cerveza sólo la aceptará con la condición de pagar ella la siguiente.

Se estremece viendo como la ciudad de sus mil y un cuentos arde bajo fuego enemigo, como su cuna recibe cadáveres cubiertos de arena y reproches o en el fuego cruzado por un puñado de sinsentidos del suelo que ahora pisa. Se estremece y no comprende, a pesar de que amontona libros para intentar comprender, porque lo único que sabe disparar son palabras cargadas de lógica a manos llenas de tolerancia. Y yo sé que llegará tan alto como ella misma alcanza de puntillas, porque este país de locos necesita su sonrisa tan loca que no calla ante nadie.

Yo nunca creí en cuentos de hadas, ni en finales felices (ya sé que tú tampoco). No creí en amigos eternos, lágrimas de alegría o distancia cercana. Era incrédulo con treguas (o no treguas), diálogo, alianzas o idiomas comunes, desconfiaba con igualdades reales, con amor verdadero y felicidad a sorbitos para siempre. Ahora creo en todo ello. Aunque haya quien crea que sólo son cuentos, yo sé que puedo confiar ciegamente en ellos, si en ellos confías tú.

La foto es de Shin

Sonando: "Papá cuéntame otra vez" de Ismael Serrano




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