Peonzas


Sigo sin entender que pretendes con tus miradas de soslayo, la cabeza baja, arremolinándome el tacto helado de tus ojos en el calor incauto de mis rizos. Cuando lanzas un puñal directo a mis costillas y abres los brazos esperando ver mi saliva correr al borde de tu cuello. Y lo consigues, claro. Y lanzas palabras al vacío como un globo sonda que sólo nos ilumina de madrugada, cuando las princesas besan a príncipes y tú me haces girar y girar para comprobar el vuelo de mi falda. Cuando alcanzo los tejado y me atenaza el vértigo, cuando abro las manos, las piernas y tiemblan las válvulas cardiacas, desapareces con un chasquido de dedos dispuesto a dejarme con las uñas hundidas en piel muerta.


Sigo sin entender que pretendes con tus miradas de 2,4 segundos, en las que sostienes mi pupila y taladras en mi retina la imagen atroz de una promesa que nunca sé si llegarás a cumplir. Cuando apareces en el borde exterior y sonríes. Y tu voz y tu risa suelta lastre. Y de madrugada, cuando las calles aparecen atestadas de colores siempre monocordes, jugamos con cartas marcadas hasta que pierdo el hilo que me permite girar siempre a una distancia fija del extremo de tus labios. Hasta que imagino manos, piernas y saliva. Buscando tanto tu cuerpo que con sólo intuirlo saldré huyendo, desapareciendo al borde del abismo en que te mezco cuando no me miras.


Elena -sin h- y Nacho (sin paréntesis)

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